El peso mexicano ha llegado a su depreciación más baja de su historia. Desde el 19 de febrero, una semana antes del primer caso de coronavirus en el país, la divisa se ha depreciado más del 20%, hasta romper el mínimo histórico y situarse en algunos tramos de estas jornadas por encima de los 23 pesos por dólar.
Durante la sacudida de la pandemia, la moneda mexicana es la más depreciada de la región seguida del real brasileño. No es casualidad que se trate de las dos divisas más líquidas de Latinoamérica, es decir, muy utilizadas y sensibles a los vaivenes del mercado. Según el Banco Internacional de Pagos, el peso mexicano registró el año pasado un volumen de operación diario de 114 millones de dólares, la segunda divisa más usada de las economías emergentes solo por detrás del renminbi chino. Tampoco es inocente que México y Brasil sean productores petroleros.
La crisis del Covid-19 ha provocado un severo desplome del crudo ––los analistas apuntan a que el precio del barril puede llegar a los 20 dólares, niveles de hace dos décadas–– así como un golpe aún por cuantificar en las cadenas de producción globales. Un doble impacto que ha agarrado a México con las defensas bajas. Con su economía estancada ––0,1%, primera caída anual en una década–– y sectores clave como la construcción, minería o la industria manufacturera también cuesta abajo. Con la recesión descontada al menos ya en Europa, las previsiones para el PIB de México van desde un modesto avance del 0,7% a una caída del 0,4%. Y el peso se moverá en sintonía a las cifras macroeconómicas. Los analistas no descartan que en las próximas semanas siga cayendo hasta un suelo de 25 pesos por dólar, lo que estaría anticipando un retroceso aún mayor del PIB al cierre del año.
El Banco de México ya ha comenzado a sacar la munición para intentar suavizar el golpe. De momento, la semana pasada, en coordinación con la Secretaría de Hacienda, ampliaron el programa de subastas cambiarias de 20.000 a 30.000 millones de dólares. “Son medidas que sirven para recuperar el orden del mercado, inyectar liquidez y mitigar la volatilidad. Primero hay que estabilizar al enfermo, para luego poder operarle”, apunta Gabriel Lozano, economista jefe del banco de inversión JP Morgan para México y Centroamérica.
En el lado positivo, la inflación, uno de los mayores fantasmas de México, permanece contenida (por debajo del 3%), lo que facilitaría una intervención en los tipos. “Las tasas reales han estado altas durante el último año, bien ancladas a la inversión. Y en un contexto de desaceleración global hay margen para bajar tipos por parte del Banxico”, dice Carlos Petersen, consultor de Eurasia.
Con información de ELPAÍS
