En la mañana de ayer, cuatro individuos encapuchados asaltaron el Louvre, en París, el museo más visitado del mundo, y se llevaron ocho piezas de la corona francesa
Pero la celeridad de la acción después del robo no consigue borrar las fallas de seguridad que lo permitieron. Numerosos actores del sector acusan a los responsables de negligencia, sin ignorar la dificultad de garantizar la seguridad de un edificio que data de 1190, y se transformó en museo en 1793. Con una superficie de 73.000 metros cuadrados y 8000 ventanas, actualmente el Louvre cuenta con 1000 salas que exponen unas 35.000 obras.
En todo caso, en un durísimo preinforme que debía ser publicado en noviembre, el Tribunal de Cuentas francés anota que, en el sector Denon, donde se encuentra la Galería de Apolo que cobija las joyas robadas, pero también la Mona Lisa, un tercio de las salas no dispone de ninguna cámara de vigilancia. En el sector Richelieu, tres cuartas partes de las salas carecen de equipo de videovigilancia. Los llamados “sabios” del Tribunal explican que, durante los últimos años, se han instalado equipos en los espacios de exposiciones temporales que acogen préstamos del extranjero, en detrimento de las salas que albergan las colecciones permanentes. Así, “el 60 % de las salas del ala Sully y el 75% del ala Richelieu no están protegidas” por videovigilancia.
“Lo que se sacrifica es siempre lo que no se ve. Y la seguridad es la primera víctima. Además, siempre se prefiere invertir en lo nuevo en vez de cuidar lo antiguo”, se lamenta Marivonne de Saintpulgent, exdirectora del Patrimonio del ministerio de Cultura.
Cuando existen equipos de videovigilancia, “están en parte obsoletos”, denuncia Christian Galani de la CGT-Cultura (sindicato de orientación comunista), que trabaja en el museo.
Según ese representante sindical, el Louvre “también carece de agentes de vigilancia: se han suprimido 200 empleos en quince años mientras que la afluencia se ha multiplicado por 1,5”. La causa son “presupuestos insuficientes y poco transparentes”, afirma. Según él, “aproximadamente 17 millones de euros están programados para 2025 para la prevención de riesgos, electricidad, ascensores y aire acondicionado, de los cuales 2 millones para la seguridad”.
En enero, la presidenta del Louvre, Laurence des Cars, había alertado a la ministra de Cultura, señalando un “nivel de obsolescencia preocupante”, una “multiplicación de averías” y la necesidad de grandes obras. Este miércoles, con trasfondo de arreglo de cuentas, De Cars será interrogada bajo juramento por los diputados de la Asamblea Nacional.
En todo caso, que los ladrones no hayan tocado la corona de Luis XV —impresionante, y uno de los puntos destacados de la galería de Apolo— se entiende fácilmente: sus piedras son gemas de imitación desde principios del siglo XVIII. Ese objeto de plata dorada, creado para la coronación del sucesor de Luis XIV en 1722 y adornado para el evento con dos de los diamantes más míticos de la realeza francesa, el Regente (140 quilates) y el Sancy, fue desmontado justo después de la coronación para servir en otros objetos de aparato, y para ser llevado más fácilmente por los soberanos. Pero que estas dos piedras históricas y originales, así como la espinela “Costa de Bretaña” y el diamante rosa Hortensia, que están expuestos en el Museo del Louvre junto a la corona de piedras falsas en una de las tres vitrinas de la galería de Apolo desde 2020, no hayan interesado a los delincuentes sigue siendo motivo de interrogación.
¿Es porque no tuvieron tiempo, ya que, en la galería, esta vitrina es la más alejada de la ventana por la que se introdujeron? ¿Es porque solo retuvieron el hecho de que las piedras de la corona eran falsas? ¿O es más bien porque habían preparado muy bien su selección y consideraron que eran demasiado famosas y por lo tanto demasiado difíciles de revender?
Probablemente nunca tendremos la respuesta a esas preguntas. Sin embargo, es legítimo evaluar y predecir lo que los delincuentes harán con su botín. Muchos imaginan un coleccionista privado, escondido en el extranjero, fanático de Napoleón y de los diamantes de la Corona, que habría encargado el crimen. Otros fantasean con que un país extranjero estaría detrás del asunto y podría usarlo como moneda de cambio en algunos años para presionar a Francia en un caso sensible... O para enviar el mensaje político de que, finalmente, Francia no es más que una potencia con pies de barro.
Pero, según otros expertos, la hipótesis más probable es lamentablemente que esas joyas serán rápidamente despojadas de sus monturas y sus piedras revendidas.
“Antes de eso, casi con seguridad serán transformadas en el extranjero, no solo para ser vendibles y aumentar su valor, ya que todas son de talla antigua, lo cual es poco buscado hoy en día. Algunas incluso serán a veces divididas en dos o tres piedras, porque la operación apunta principalmente a ‘anonimizar’ las gemas que se vuelven prácticamente intrazables después del recorte y no llevan ninguna marca o punzón que permita reconocerlas”, afirma la experta en alta joyería Nathalie Abbou Vidal.
Y si bien todos afirman que se trata de “joyas de un valor inestimable”, algunos especialistas se atreven en las últimas horas a hacer la estimación.
“¡Por supuesto que es calculable!”, precisa Alexandre Léger, experto en joyería y relojes de colección. "Su monto es astronómico con miles de diamantes a más de 500 euros el quilate. Pero es el valor patrimonial lo que hace que este robo sea insoportable. Las piezas son invendibles en el estado actual, pero existe un alto riesgo de que sean desmontadas, el oro por un lado, los diamantes por otro”, agrega.
“Y los delincuentes podrán sacar, en mi opinión, un cuarto o un tercio de ese valor... Pero lo más lamentable es que no son joyas, salvo una excepción, que han estado siempre en el Louvre, como es el caso de la Mona Lisa, por ejemplo. Son piezas que el museo ha comprado con el dinero de los franceses, de mecenas y de las visitas...”, lamenta por su parte Vincent Meylan, historiador de la joyería.
La única pieza que siempre ha permanecido en las colecciones del museo resulta también a priori una de las más valiosas arrebatadas por los delincuentes: el broche llamado “Relicario” y sus 94 diamantes, de los cuales los dos más grandes son Mazarin. Diseñado por el joyero Alfred Bapst para la emperatriz Eugenia en 1855, este precioso broche escapó a la famosa subasta de los diamantes de la Corona de 1887 y fue cedido al Louvre. Antes de eso, sus dos diamantes centrales (los Mazarin, provenientes de las míticas minas de Golconda) —llamados así por el cardenal ministro de Luis XIV apasionado por las gemas que los legó al soberano—, también escaparon al robo del Hotel de la Marine en 1792, donde las joyas de la coona de Francia habían sido depositadas por los revolucionarios. Esta vez, ninguna de esas fabulosas gemas consiguió escapar a la codicia humana
Así fue el robo ‘de película’ en el museo de Louvre
El comando de cuatro ladrones llegó el domingo a las 9:30 de la mañana, hora local, al flanco sur del Louvre con dos motos y un camión con un montacargas en el que dos de ellos subieron a la galería de Apolo en el primer piso y, tras hacer un boquete en una ventana con un disco de corte, penetraron en el interior y se dirigieron a dos vitrinas de exposición.
Reventaron las vitrinas, sustrajeron nueve joyas y se fueron por donde habían llegado.
En su huida, perdieron una parte del botín (la corona de la emperatriz Eugenia de Montijo, que resultó dañada) y desaparecieron en las motos tan solo siete minutos después del inicio de la operación.