Badiraguato, Sinaloa. Roxana le prometió a la Virgencita de Santa Cruz, en Badiraguato, que si su bebé nacía bien, recorrería a pie el trayecto desde El Álamo para presentárselo y agradecerle el favor.
La Virgen de Guadalupe cumplió, Gustavito nació el pasado 26 de septiembre completamente sano y el día de pagar la manda llegó.
Es domingo 5 de enero de 2020 y la comitiva conformada por 13 integrantes de su familia y la de su esposo Alonso, provenientes de Culiacán, llegó desde anoche a El Álamo, donde tienen su casa don José Antonio y doña Tuni, papás de Roxana.
Melanie (4 años), Susan (11), Anahí, Edwin, Patricia, Paulina, Damaris, Gerardo, Enrique y José Antonio, complementan el grupo que es guiado por éste último.
“Sin perder tiempo haremos unas tres horas”, advierte don Antonio, mientras todos se disponen a iniciar la fascinante travesía por las entrañas de la sierra de Badiraguato, en donde la altitud de los cerros y la vegetación de la montaña hacen más frío el ambiente.
Tenis, mezclilla, dos o tres chamarras puestas una encima de la otra conforman la vestimenta de cada uno de los excursionistas con mochila a la espalda, con sólo lo necesario: agua y algo qué comer en el camino, no más.
Son las 7:20 horas y el recorrido por la Sierra Madre Occidental comienza. El termómetro marca 8 grados Celsius.
Al principio, el paso es normal y el primer obstáculo está a cinco minutos de recorrido: el cauce de un río que habrá que atravesar a pie, pisando en piedras y guardando el equilibrio para no caer al agua y mojarse.
En adelante, es caminar entre cerros cercados con alambres de púas, hasta encontrar una especie de camino que guía en subidas y bajadas que poco a poco hacen que se acaben las fuerzas para seguir avanzando.
Todo es inhóspito. Salvo dos o tres vacas se pueden ver pastoreando entre los brasiles, vinolos, mautos y varillas de arbustos que conforman la vegetación de las montañas que ya empiezan a recibir los rayos del sol en línea recta.
Las leyendas del niño ahogado y del hombre sin cabeza contadas por don Antonio, hace menos pesado por momentos el largo caminar entre los cerros donde, según dice, también se han encontrado zorrillos y hasta leones.
Son las 10:55 y estamos frente a una puerta de herrería color negro. “Apenas vamos a la mitad”, advierte Roxana, mientras invita a tomar un descanso de diez minutos también aprovechados para tomar agua y almorzarse los 16 tacos de frijol, 10 huevos cocidos y las 5 salchichas que doña Tuni echó al morral de los víveres para ser repartidos entre los 13 peregrinos.
Y luego, de nuevo a caminar y caminar y más caminar. Un perico que se para en la punta de una rama alta llama la atención.
El cansancio ya se hace notorio en los inexpertos caminantes. “Siento como que al respirar me va a salir sangre de la nariz”, dice Damaris visiblemente agotada por el esfuerzo.
Patricia se ayuda con Edwin y Susan no se suelta de la mano de su papá para poder seguir dando pasos. Esto se había convertido en una especie de deporte extremo... muy extremo.
Son ya cuatro horas y media de camino y a lo lejos se puede ver entre cerros la capilla de la Virgen de Santa Cruz en color amarillo.
Ahora el reto es mayúsculo, prácticamente ya sin fuerzas en pies y piernas habrá que subir y subir el último cerro. La pendiente es muy empinada y el sacrificio por el dolor y el cansancio se vive en cada paso.
Por fin el último obstáculo, otro río con poca agua marca el fin de la travesía. Otra vez a cruzar por medio de un improvisado puente hecho con piedras colocadas sobre el cauce.
Ahora, sólo 200 metros nos separan de la capilla que es el destino final de la caminata ofrecida en sacrificio a cambio del favor concedido por la Virgen. Basta atravesar una cancha de usos múltiples para estar a la entrada de la capilla de Santa Cruz.
Son las 12:20 y Roxana y Alonso se colocan a la entrada, toman al niño en brazos para iniciar el ritual final de la manda: caminar hincados hasta el estrado donde está la Virgen que ataviada con un vestido dorado espera la presentación de Gustavito, que de esta forma inicia su formación espiritual en la religión católica.
Cuentan los nativos que hace muchos años la Virgen de Guadalupe se le apareció a una artesana de ollas de barro en Santa Cruz, ante lo cual elaboraron una imagen de la Virgen a la que empezaron a venerar y pedir favores y milagros.
Dicha imagen fue trasladada a la cabecera municipal de Badiraguato ubicada a 25 kilómetros de distancia y en forma extraña se regresó a Santa Cruz, donde le levantaron su capilla que ahora es visitada por cientos de creyentes de los alrededores cada año.
Enrique Rodríguez