Ciudad de México. El Estadio Azteca, el templo que coronó a Pelé (1970) y Diego Maradona (1986), volvió a mostrarse al mundo como un enorme cuenco de delirio colectivo. Ahora lo llaman Estadio Ciudad de México, pero el cambio de nombre no le quita la dimensión de su historia: es el único recinto sobre la tierra que ha soportado la organización de tres inauguraciones de la Copa del Mundo.
Su mística no es un invento del marketing, está metida en las páginas de la literatura y los himnos del rock: “Cuando era niño/ y conocí el Estadio Azteca/ me quede duro/ me aplastó ver al gigante/ de grande me volvió a pasar lo mismo/ pero ya estaba duro mucho antes”.
Porque sobre el césped de este gigante, como canta el argentino Andrés Calamaro, se labraron las mayores gestas del siglo XX, pero también victorias domésticas, imborrables, como el 2-0 con el que México venció este jueves a Sudáfrica en el inicio de la cita mundialista.
La grandeza del Azteca es más que una cuestión deportiva. El 19 de septiembre de 1985, a escasos nueve meses de su segundo Mundial, el recinto se quedó de pie, intacto, mientras la Ciudad de México se desmoronaba bajo uno de los terremotos más feroces de su historia.
Para entonces ya cargaba con el peso de 1970: 10 partidos albergados y una placa de bronce que recuerda el ‘Partido del Siglo’, aquella semifinal del 17 de junio donde Italia y Alemania Occidental jugaron una oda agónica al futbol.
Más tarde vendría 1986, la cumbre de Maradona, esa tarde en que inventó la trampa sagrada de la Mano de Dios y una carrera de barrilete cósmico que dejó a Inglaterra fuera de las semifinales. (La Jornada).