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Jorge Luis Telles Salazar

 

En su calidad de presidente del Comité Directivo Estatal del Partido Revolucionario Institucional, Fortunato Alvarez Castro había puesto en marcha un programa de organización de comités seccionales del tricolor, de cara a las elecciones para gobernador de 1974; pero, de a deveras, no de a mentiritas, sobre las rodillas y con el directorio telefónico como auxiliar principal, como se estilaba en aquellos tiempos en los que el PRI transitaba sin contratiempo alguno por la vida política del país. Jesús Manuel Viedas Esquerra, era su secretario general.

El proyecto serviría para impulsar la votación en favor del candidato priista a la gubernatura del Estado y de paso también  para consolidar a Fortunato, que tenía la presidencia municipal de Culiacán como objetivo inmediato, en tanto que la candidatura gubernamental oscilaba entre los senadores Gilberto Ruiz Almada y Alfonso G. Calderón. Alfredo Valdez Montoya gobernaba el Estado, con Mariano Carlón López, como alcalde de esta ciudad capital. AVM tenía otros planes, respecto a su sucesión.

La victoria del PRI en los comicios del 75 era un hecho en toda la extensión de la palabra. Eso no constituía mayor problema; la intención era darle a Calderón o a Ruiz Almada el mayor número de votos posibles. Votos reales, además, constantes y sonantes.

 De ahí ese programa de Fortunato: tener comités seccionales auténticos, con personas de carne y hueso y no solo domicilios, números telefónicos o nombramientos por correo.

Además, la estrategia era contar con esos comités seccionales, en todos los sectores de las principales ciudades del Estado y comunidades rurales, en la inteligencia de que lo mismo significarían los estructurados en colonias deprimidas o zonas populares, que hasta en los fraccionamientos más elitistas de Culiacán, Mazatlán, Los Mochis, Guasave o Guamuchil.

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Y fue así que aquella noche, Fortunato Alvarez Castro llegó a la residencia del banquero Jorge Tato Lara, en la entonces pomadosa colonia Chapultepec, de esta ciudad -boulevard Pedro María Anaya - con la intención de conformar, esa misma noche, ese comité seccional. Acompañaban a Fortunato, algunos de los integrantes de su Comité Directivo Estatal: Jesús Manuel Viedas Esquerra, secretario general; Max Hach, Aurelio Rentería y Víctor Estrada Cañedo, entre otros.

Tato Lara, por su parte, tenía entre sus invitados al presidente municipal de Culiacán, doctor Mariano Carlón López, quien se hizo acompañar, a su vez, por su tesorero Luis Terrazas; su director de Acción Social, José Manuel Cervantes Castro (a) “El Pichi” y el todavía muy joven Fernando García Félix.

El evento comenzó y todo transcurría conforme al guion tradicional:

Presentación de personalidades; descripción de la ideología del partido; exposición de motivos; propuestas para integrantes de la directiva de ese comité directivo seccional del PRI; votación, escrutinio y mensaje del presidente electo, responsabilidad que naturalmente recayó en don Jorge Tato Lara, ante la aprobación general.

Tras el protocolo vinieron las felicitaciones y ya se retiraban las personalidades del PRI y del ayuntamiento de Culiacán, cuando se dejó escuchar la ronca y campechana voz de Jorge Tato Lara:

-Ustedes no se me van. ¿Acaso piensan dejarme con toda la cena?

Así las cosas, con el anfitrión en el sitio principal, ocuparon su lugar, a un lado de la mesa, Fortunato Alvarez Castro y sus acompañantes; del otro, el doctor Mariano Carlón y sus invitados. Frente a frente: Carlón y Fortunato.

Y vino el aperitivo, la entrada y la cena, rociada de todo tipo de bebidas, para todos los gustos, las que se sirvieron con generosidad. La anfitrionía de don Jorge Tato no quedaría en duda.

Para esas alturas, la idea de Fortunato de relevar a Carlón López en la presidencia municipal de Culiacán era eso todavía: una idea. Fortunato traía “tiro” con el galeno, de dos o tres años atrás y durante el convivio – en la medida que éste avanzaba - Fortunato comenzó a criticar la gestión del doctor Carlón; a acusarlo de apatía con respecto al PRI; a reclamarle las malas condiciones en las que dejaría la ciudad y hasta cuestionar la honorabilidad que al doctor Carlón, invariablemente, le acompañó durante toda su vida y hasta el instante de su muerte.

Carlón, en congruencia con su investidura como presidente municipal y en armonía con su sobria personalidad, no cayó en las provocaciones de Fortunato, situación que irritó más al licenciado Alvarez Castro, quien, ante la indiferencia del aludido, lo desafió a “darnos de chingadazos” para “arreglar” las cosas “de una buena vez y para siempre”.

Y en ese punto, ya nadie, ninguno de los presentes, fue capaz de contener a Fortunato.

En efecto, convertido en un energúmeno, Alvarez Castro rodeó la mesa y se fue directamente contra el doctor Mariano Carlón, quien, presidente municipal y todo, repelió la agresión y aquello evolucionó a vulgar pleito de cantina. De los empujones iniciales (típico) pasaron a los golpes por largos minutos y hasta rodaron por el suelo junto con sillas, mesas, platos, copas y botellas, en medio del griterío de los asistentes y de los desesperados intentos de Tato Lara por controlar la situación. Era su casa, a final de cuentas.

Después de un buen rato, los ánimos se calmaron; pero el enfrentamiento verbal continuó todavía, hasta que cortaron por lo sano: irse cada quien por su lado. El doctor Carlón, apenado,  dolido y magullado; Fortunato, físicamente más fuerte, todavía con deseos de seguir en el combate. Como “gun man” que le sopla a su “colt”, tras los disparos, contra su rival.

Y ahí se terminó la fiesta.

Don Jorge Tato fracasó en sus intentos de persuadir a todos sus invitados en el sentido de que lo a acontecido ahí quedara – como en Las Vegas -:  solo  como un intenso capítulo de la vida política sinaloense. A media noche, sin embargo, ya todo Culiacán estaba al tanto que en su casa, la de Tato Lara, en “La Chapule”, se habían tramado a chingazos el presidente municipal y el presidente del Comité Directivo Estatal del PRI. Los culichis nunca hemos tenido de bodega nuestro ronco pecho, por cierto.

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Al poco tiempo, el violento incidente estuvo a punto de costarle a Fortunato la candidatura a la alcaldía de Culiacán, para las elecciones de 1974 – junto con las del candidato a gobernador -; pero a final de cuentas tuvo todo el respaldo de un Alfonso G. Calderón, quien así le agradeció la organización de su campaña, además de obedecer a su intuición en el sentido de que era un priista de cepa, un militante puro y leal y que seguramente le aportaría muchos votos a su candidatura gubernamental.

Bajo estas circunstancias y sin oposición real, Calderón Velarde ganó de manera apabullante, los comicios del 74.

Y Fortunato, también.

Obviamente, Alvarez Castro y Mariano Carlón López volvieron a verse las caras la mañana del primero de enero de 1975, tras del acto, en el cine “Diana”  en el que el presidente Luis Echeverría le dio posesión a Calderón como gobernador (la protesta se la tomó Aurelio Gonzalez Meza, como presidente de la mesa directiva del congreso). Lo de Fortunato, en el patio de Palacio Municipal, que se ubicaba en lo que es hoy el Museo de Arte, por la calle Rafael Buelna. Y es que lo que hoy es Palacio Municipal, por la avenida Obregón, era entonces el Palacio de Gobierno del Estado.

Fiel a su estilo y personalidad, Alvarez Castro no desaprovechó la oportunidad de orador central en la ceremonia, para volver a criticar abiertamente la actuación de Carlón y para puntualizar las lastimosas condiciones en las que le entregaba la ciudad, sin reacción manifiesta del presidente municipal saliente. Ni tan siquiera saludo de cortesía al término del evento.

Inclusive, a las semanas de su gestión, FAC acusó de malos manejos a Mariano Carlón y hasta presentó “las pruebas correspondientes” ante el Congreso del Estado. Tuvo que intervenir el gobernador Calderón para ponerle al tema punto final.

Si, así, de ese tamaño eran las rencillas entre estos dos grandes exponentes de la política sinaloense.

Y si lo fueron, en realidad.

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Esas diferencias, para su conocimiento, tuvieron su punto de origen en el proceso de selección del candidato del PRI a la presidencia municipal de Culiacán, hacia finales de 1971: Víctor Manzanilla Schaffer – alguna vez gobernador de Yucatán – era delegado general del Comité Ejecutivo Nacional del tricolor en Sinaloa y tuvo la ocurrencia de abrir el modelo para elegir al candidato a la alcaldía de la ciudad capital. La convocatoria fue atendida por tres aspirantes: el doctor Carlón, con el aval del gobernador Valdez Montoya; Fortunato, respaldado por el CEN del PRI y Manuel Clouthier del Rincón, apoyado por los principales agricultores del valle de Culiacán y por toda la clase empresarial de la entidad.

En principio, el esquema levantó expectación y entusiasmo; pero, de un día para otro, las cosas volvieron a la normalidad: el gobernador Valdez Montoya dijo “es Mariano” y Mariano fue. El legendario “Maquío Clouthier” aceptó las cosas con resignación y enfado; pero la herida había quedado abierta en Fortunato.

Tras concluir su administración municipal y con el paso de los años, el doctor Mariano Carlón López fue rescatado por el gobernador Antonio Toledo Corro, quien lo convirtió en su secretario particular; luego, en secretario de Educación Pública y Cultura y más tarde en presidente del Comité Directivo Estatal del PRI, para responsabilizarlo de la campaña gubernamental de Francisco Labastida. Justamente Labastida lo nombró, en su periodo, como secretario de Salud del gobierno estatal.

Fortunato, en cambio, desempeñó un cargo menor durante el gobierno de Toledo Corro – vocal ejecutivo de una coordinación de asuntos electorales - y fue de los primeros priistas en perder una elección federal: para diputado, por el tercer distrito, en las elecciones de 1988 (las de Salinas), ante Jorge del Rincón Bernal. Posteriormente, desempeñó algunos cargos administrativos; entre ellos, la delegación federal de la Secretaría de Desarrollo Social, cuando surgió Luis Donaldo Colosio Murrieta, como candidato del PRI a la presidencia de la República.

Mucho se especuló, en aquel tiempo, que Fortunato había sido sacrificado por su propio partido, al postularlo por un distrito que, por aquella época, estaba considerado como “de los más difíciles para el PRI” en aquellos tiempos, cuando bien pudo ser nominado por el segundo distrito, con sede en Guasave, donde, sin el menor rubor, el partido mandó al sanignacense Homobono Rosas Rodríguez.

Hay algo indiscutible: en aquella derrota de Fortunato, el PRI no metió las manos para nada. Allá arriba, Manuel Bartlet Díaz estaba demasiado ocupado en defender la supuesta victoria de Carlos Salinas de Gortari, como para ocuparse de un “asunto menor”. Vaya, hasta Jesús Aguilar Padilla se fue en aquella avalancha.

Historia más que completa, amigo lector.

¿O no?

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Algo personal.

Por si le interesa saber lo que hacemos, aquí la agenda completa para la nueva semana:

Lunes 19: participación en el programa “Las Palabras y los Hechos”, de Leopoldo Avilés, a las 14 horas; panel sobre la temporada de beisbol de la Liga Mexicana del Pacífico (José Carlos Campos y Luis Alfonso Félix) en el espacio cibernético de Javier Ramírez, a las 5 de la tarde y mesa de análisis con el doctor Héctor Muñoz, a las 18: 30 horas, junto con Oswaldo Villaseñor y José Luis López Duarte.

Martes 20: mesa de análisis, con Javier Ramírez, a las 17 horas, al lado de Jorge Guzmán y José Carlos Campos.

Miércoles 21: participación en el noticiero “A Viva Voz” de Eva Guerrero, a las 2: 30 de la tarde.

Y Jueves 22: mesa de análisis, con Javier Ramírez, a las 17: 00 horas.

Además, nuestra columna Agenda Política, cuatro días a la semana, en diferentes portales informativos y por supuesto que en el nuestro www.jorgeluistelles.com. Y como colofón, Palco Premier, columna especializada en beisbol, también en nuestro sitio de internet.

Solo una cosa final: Dios los bendiga.

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