Santa Clara. La final NFL no es un refugio aislado del contexto político de Estados Unidos. Cada partido tiene su propia cultura, refuerza la identidad y el más profundo espíritu competitivo de dos equipos que generan millones de dólares. Al mismo tiempo que sobrevuelan aviones del ejército y se canta el himno al frente de una bandera gigante, es posible entender la disparidad en las opiniones de los ciudadanos, el rechazo global hacia un presidente en funciones, como es el caso de Donald Trump, y las crecientes protestas en contra de un servicio de control migratorio que violenta derechos humanos fundamentales.
La edición 60 del Supertazón coronó hoy a Seattle como nuevo campeón (29-13 sobre Nueva Inglaterra), batió récords de apuestas, bailó al ritmo de Bad Bunny y mostró cómo la política y el deporte se relacionan en un juego que es la fiesta nacional de todo un país.
En un momento en el que poco se escapa del control del gobierno, obsesionado con llevar a cabo la mayor deportación de la historia, el presidente se negó a ser testigo del espectáculo supremo, deportivo y cultural de los estadunidenses por razones logísticas. “El futbol americano refleja nuestra propia trayectoria como nación: determinación, disciplina y trabajo duro”, escribió ayer en su cuenta de X, aunque su ausencia en el palco de honor no pasó inadvertida en el camino al éxito de los Halcones Marinos.
La victoria sobre los Patriotas puede marcar la reivindicación de la escuela tradicional, jugadores que perfeccionaron la lectura de jugadas defensivas, la visión de campo, pero que pocas veces salieron de la bolsa de protección para lanzar un pase que los pusiera en riesgo.
El viejo molde del mariscal de campo, protegido por una muralla de defensivos y plantado casi siempre sobre la misma zona -Dan Marino, Brett Favre, Peyton Manning y Tom Brady, los referentes más recientes-, no sólo convirtió la seguridad en un requisito urgente, sino que obligó la creación de nuevos recursos de emergencia en los atletas más jóvenes. Sam Darnold es uno de ellos. De ser la tercera selección global en el Draft de 2018, con error típicos de un novato y el cartel de “eterna promesa” que ejerció presión sobre sus hombros, el californiano ganó el partido impulsando la confianza de otros, especialmente la del pateador Jason Myers, quien acertó cuatro goles de campo de forma consecutiva y se convirtió en el primero en anotar más de 200 puntos en una sola temporada, incluyendo los playoffs.
Seattle no estaba en este escenario desde que en 2014 salió vencedor y, un año después, perdió el duelo con los Patriotas de Brady, de la cual cobró revancha. Según las casas de apuestas, el partido emblema de la NFL movió este año alrededor de mil 760 millones de dólares, con los Halcones casi siempre como favoritos.
Cada acción deportiva tuvo una carga política. El defensivo Julian Love interceptó un pase de Maye, casi al mismo tiempo que Donald Trump criticó en redes el espectáculo de medio tiempo, encabezado por Bad Bunny, y lo catalogó como “uno de los peores de la historia”. Jason Myers acertó un gol de campo posterior, el quinto en su cuenta personal, mientras Uchenna Nwosu castigó a Maye con una nueva intercepción que valió una pizarra de 29-7 al entrar a la zona de anotación. (La Jornada).
